La condenada del altiplano

Una leyenda aymara


 En aquellas zonas rurales, hace mucho tiempo, como dejó de ser costumbre ahora, las mujeres parian a sus hijos en su propia casa. Y por ciclo natural. Generalmente en horas de la noche, sin necesidad de la asistencia de una partera o bruja. Como cualquier otra hembra de la naturaleza, por mandato de la luna. Pero no siempre vida silvestre era sinónimo de vida sana, el índice de mortalidad en partos, en aquellos años era muy alto. Frecuentemente quien no sobrevivía era la madre, no obstante, también era común que la criatura naciese muerta. 

Aquella vez fue la mujer quien murió en el parto. Dejando al viudo una niña, a punto de ser mujer, y al niño recién nacido. 

No sabemos porque, si por abrumado y asustado por las responsabilidades por venir, sin el apoyo de su pareja; o enceguecido de ira, odio y rencor contra el niño culpado de ser responsable de la muerte de su amada u alguna otra motivación; no habiendo hecho que llore, decidió ocultarle a su hija y al resto de la comunidad, la buena nueva de la sobrevivencia del niño. Y decidió dejarlo dormido, a pulmón tapado, ya no importaba, sobre el pecho caliente de su madre, para velarlo y enterrarlo junto a ella.

Lo que si sabemos es que un niño puede ser amamantado, por varias horas, por su difunta madre. De modo que el velorio y el entierro hizo pasar desapercibido el estado del recién nacido. Sin embargo, varias horas transcurridas, después del último adiós, volvió su hija al cementerio para dejar allí algunos recuerdos. Y escucho el llanto de la tierra aun no asentada. Entonces corrió en busca de su padre, quien la convenció de que se trataba de una sensación sinestesica. Por supuesto, usando otras palabras. Le explicó que la angustia y la profunda pena, mezclada con la sorpresa de los precipitados acontecimientos hacían sentir que allí aun estaban quienes ya no estaban más.

Al transcurrir tres días el padre debió retomar sus deberes laborales y dejó a su hija a cargo de las tareas domesticas. La niña, ya sola, en la casa, mientras el padre estaba campo dentro, se asomó al umbral de la choza y vió acercarse, a mediana distancia, la silueta de una mujer vestida de negro y rostro cubierto, cargando un bulto, a paso lento y tranquilo, como si se tratase de una lugareña y no una forastera.

La niña cauta, retrocedió unos pasos sin darle la espalda a la mujer, hasta la puerta cerrada de la casa. Con paso firme, se acercó la figura de negro, hasta lo que hoy nosotros llamaríamos la entrada al lote. Puesto que allí no era costumbre, y aun en muchos lugares aun hoy tampoco lo es, alambrar ni delimitar terrenos para marcar propiedad privada. Pero allí, en ese punto del lugar, había signos que daban la bienvenida a los peregrinos. Era la bifurcación del camino enmarcado en piedras pintadas de blanco, que por un lado, invitaban a seguir hacia otras cabañas vecinas, y por el otro, señalaban el interior de la chacra del reciente viudo y su hija. Allí se detuvo la mujer, a metros de la niña, y en la distancia le preguntó:

-¿Tienes hambre?

La niña reconoció la voz de su madre y antes de poder contestarle algo, cualquier cosa, lo que se le ocurriese responder, a causa del estupor, el asombro y las dudas?.la mujer sacó del bulto que cargaba, un trozo de su bebé muerto y le ofreció carne seca a su hija.

-No.- Respondió automáticamente, estupefacta, la niña. Segundos después, agregó: -No, mamá, aun es temprano para tener hambre. 

Entonces la mujer dio un paso hacia delante, otro paso y caminó hacia la puerta, hasta quedar frente a su hija, que le interrumpía el paso hacia dentro del hogar. Cuando la niña se encontró atrapada entre su madre y la puerta cerrada, la mujer extendió su brazo libre, con el que no cargaba el bulto con los restos de su bebé, tocándole el hombro a la niña, ejerció una leve presión empujándola hacia un costado. Le dijo:- Entonces, hazte a un lado, que entraré a cocinarte algo para cuando se ponga el sol y regrese tu padre. 

En eso, se levantó un ventarrón y detrás de la casa se vio bajar una polvareda de la montaña como presagio de una tormenta. 

La madre hervía agua y cortaba verduras, la hija la observaba con terror, sentada a la mesa, a espaldas de la difunta. El cielo se volvió gris, luego negro, hasta que el polvo de la tormenta abrió las ventanas y se confundió con el humo y el vapor de la cocina, hasta hacer de la cocina una confusión de siluetas y neblina fantasmal, que duró algunos segundos interminables, como sucede cuando el tiempo se estira en momentos de desesperación.

Entonces, ya disipado, la niña observo la ausencia de la mujer, o por lo menos de frente a su línea de visión. Y recobrándose del asombro, no del todo, pero sí de la inmovilidad del miedo, se puso de pie y se acercó hacia la comida. Efectivamente allí estaba la verdura cocinándose. Inmediatamente recorrió cada rincón de la choza, cerciorándose de la ausencia de la madre y cuando decidió verificar fuera, si había rastros de la difunta, se acerco hacia la puerta de entrada, que permanecía cerrada y la abrió intempestivamente.

Intempestivamente, entonces, se encontró con la silueta obscura de un hombre hecho de barro. A metros de ella, en la entrada al lote. 

Y una llovizna de gotas gruesas y esporádicas que empujaban y aceleraban los pasos de esta otra criatura hacia la choza, en búsqueda de refugio seco. La niña no alcanzó a gritar, quedo muda e inmóvil, observando la figura de tierra seca acercándose, hasta que ya a su lado, frente a frente, le dijo:- ¡Que rico huele, como lo que cocinaba tu madre! ¡ahí, que dolor, cuanto la extraño! Gracias por adelantarte con la comida.

-¡¿Papá?!- Exclamo la niña.

Claro, ¿Quién va a ser sino? ¿Un fantasma? La tormenta me hizo regresar antes.

Al dia siguiente, fue la comunidad organizada al cementerio, a desenterrar a la difunta. Le separaron al bebé, la rociaron con orina fermentada y le clavaron una estaca en el corazón para que no vuelva a condenarse. Enterraron al niño a distancia prudencial y nunca supieron del secreto del padre. Sin embargo, desde entonces, se hizo costumbre no enterrar juntos a nacidos y madres cuando ambos mueren al alumbrar. 





(c) 27.12.2016 Fernando Bustos Odzomek. El imaginario colectivo. cuentos. Michelle Bendeck Bedoya (compiladora) Editorial Dunken. Buenos Aires. 2017

  

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