miércoles, 25 de febrero de 2026

MENTIME, QUE ME GUSTA

El auge de los artículos propagandísticos ficticios en América Latina
En lo que va de este año comenzó a consolidarse un fenómeno digital que está transformando la manera en que circula la propaganda política en América Latina: la proliferación de artículos narrados como crónicas periodísticas, pero que en realidad son relatos ficticios de debates y confrontaciones. Estos textos, que se viralizan en redes sociales y plataformas de contenido, comparten una estructura narrativa uniforme y un objetivo claro: convencer al electorado local de que su líder es admirado y respetado internacionalmente, aunque los hechos narrados nunca hayan ocurrido. El formato no nació en la región. Su molde proviene de las publicaciones anti‑woke norteamericanas que circularon en 2025, donde se recreaban escenas ficticias de líderes de derecha enfrentando a periodistas o activistas progresistas. 


En paralelo, en América Latina se popularizaron relatos culturales con la misma lógica: Charly García debatiendo en televisión en Nueva York en los 80 sobre el rock en español, con un periodista de la revista Rolling Stone. Ciro, de Los Piojos, discutiendo en Chile con un crítico televisivo sobre la arrogancia del rock argentino. Shakira en Colombia, enfrentando a un periodista que la acusaba de “traicionar la música local”. En 2026, esa plantilla narrativa se trasladó masivamente a la política. Desde entonces, los protagonistas ya no son músicos, sino presidentes y líderes ideológicos. 


Entre los textos más difundidos este año se encuentran: Milei vs. Lula en Buenos Aires: un supuesto duelo en una cumbre regional inexistente, del año pasado, donde Milei deja sin respuesta al presidente brasileño. Bukele vs. el Papa en el Vaticano: circulan dos versiones, una donde Bukele busca conciliar enfoques con el pontífice recién asumido y otra donde lo deslegitima frontalmente, luego de que el vaticano haya sentado posición sobre derechos humanos. Milei vs. Bachelet en CNN en Español: un debate televisivo inexistente donde el libertario argentino derrota a la expresidenta chilena con cifras de pobreza y desigualdad. Hebe de Bonafini vs. Milei en Canal 13: un relato imposible, ya que ocurre después de su fallecimiento, y al igual que el de Cristina Kirchner en el mismo canal, se desarrolla en escenarios inverosímiles para su asistencia. Todos comparten el mismo desenlace: el antagonista queda en silencio, el público confirma la victoria y el episodio se viraliza con millones de visualizaciones. 

Aunque existen versiones invertidas —como el caso de Petro contra Rubio—, la mayoría de estos artículos se utilizan para propaganda de derecha. El molde parece calzar mejor con líderes que se presentan como outsiders, disruptivos y confrontativos frente a figuras del progresismo. La estructura narrativa refuerza sesgos de derecha: El héroe libertario o conservador derrota al antagonista progresista. Los datos citados se presentan como “verdades irrefutables”. La viralización confirma la supuesta legitimidad internacional del líder. Sin embargo, el hecho de que existan variantes al revés demuestra que se trata de un esquema adaptable a cualquier ideología.


Es una máquina propagandística que puede ser usada por derecha o izquierda, según convenga. Estos artículos comparten rasgos que permiten reconocerlos: Escenarios imposibles, debates o entrevistas que nunca ocurrieron. Antagonistas icónicos: figuras reconocidas (Papa, Lula, Bachelet, Aristegui, Rubio).Datos manipulados o inventados: cifras de pobreza, inflación o corrupción presentadas como irrefutables, pero difícil de chequear. Estilo grandilocuente con lenguaje narrativo épico. Enunciación de viralización inmediata: millones de visualizaciones en horas, hashtags globales. Y comentarios elogiosos sospechosos de identidades de usuarios extrañas, que denotan dinámicas de granjas de trolls alquiladas. 

Otra forma de verificar su falsedad es detectar las inverosimilitudes locales. La inteligencia artificial que los genera orienta la narración al público del líder exaltado, pero no presta atención a los detalles de la localidad donde supuestamente ocurre. Ejemplo: el público de El Salvador no sabe cuándo falleció Hebe de Bonafini, pero un lector argentino sí puede advertir que el artículo la ubica en un debate televisivo posterior a su muerte. Lo mismo ocurre con escenarios imposibles como Cristina Kirchner en Canal 13 o debates presidenciales que nunca existieron. En definitiva, la publicidad del líder se da en escenarios que su público no conoce y por lo tanto no advierte la falsedad, pero los lectores locales sí pueden identificar rápidamente las inconsistencias. 

El auge de estos artículos plantea un riesgo evidente: la inundación de desinformación generada por inteligencia artificial. Todo indica que en 2026 la cantidad de publicaciones creadas por IA podría superar a las generadas por seres humanos. El efecto inmediato es que muchos lectores tienden a creer todo lo que confirma sus sesgos. Pero en una segunda instancia, el riesgo es aún mayor: desconfiar de todo, incluso de lo verificable. En ese escenario, quienes podrían salir fortalecidos a mediano plazo son: Los servicios arancelados de chequeo de información, que se vuelven indispensables para distinguir lo real de lo ficticio. Y a largo plazo, los actores que buscan regular internet, con el argumento de proteger a la ciudadanía de la manipulación masiva. Y lo peligroso no está en la regulación en su misma, sino en que organismo recaiga y su arbitrariedad.


Estamos ante una nueva etapa de la propaganda digital latinoamericana. Lo que comenzó como relatos culturales se transformó en un instrumento político de masas, capaz de moldear percepciones y reforzar identidades ideológicas. La clave para enfrentarlos es reconocer sus patrones narrativos y entender que, detrás de la épica, lo que se busca es convencer al electorado de que su líder ya ganó la batalla internacional, aunque esa batalla nunca haya existido. En un mundo donde parecería que la profecía de fukuyama, que predijo el fin de la historia, ahora no atenta sobre la persistencia de un presente continuo,nada más, sino que se adentra en el control de la narrativa del pasado. Pero lo sorprendente es que no se trata de re escribir el relato de tiempos lejanos, para modificar la historia, sino del pasado inmediato, de apenas ayer, del que generacionalmente fuimos testigos. Una manipulación de nuestra propia memoria colectiva, para sincronizarla con sesgos que aspiran a convertirse en hegemónicos, como parte de la llamada batalla cultural.

sábado, 1 de noviembre de 2025

¿Porque no me gusta el Superman actual?

Superman como mito: pedagogía narrativa y dilema ético

Cuando pensamos en Superman, imaginamos a alguien que vuela, tiene fuerza sobrehumana y salva al mundo. Pero detrás de esa imagen hay algo más profundo: Superman es un mito. En filosofía y crítica cultural, un mito es un relato que organiza cómo entendemos el mundo, qué está bien, qué está mal, qué es posible, qué es deseable.

Los mitos son modelos de pensamiento que nos enseñan sin que lo notemos. Por eso, cuando cambia el mito de Superman, no solo cambia el personaje: cambia lo que se nos propone como forma de vivir, sentir y actuar.

En las películas recientes, aparece un Superman “renovado”: más humano, empático y esperanzador. Pero esa renovación es una operación narrativa. La historia transmite un mensaje específico, construye una idea del mundo que parece natural, pero es una elección.

Esta operación simplifica el conflicto, que es clave en toda historia que nos hace pensar. Un conflicto no es solo una pelea entre buenos y malos, sino una tensión entre valores y formas de ver el mundo. Cuando se borra, queda una historia que moraliza la diferencia: nos dice cómo debemos ser para ser aceptados.

La moralización de la diferencia y el consuelo emocional

Imaginá que alguien llega a una escuela nueva, con costumbres distintas, otra forma de hablar, de vestirse, de pensar. Si es aceptado solo cuando se adapta, cuando se “corrige”, cuando deja de ser diferente, no hay inclusión: hay moralización de la diferencia. La diversidad se convierte en algo que debe ser domesticado, suavizado, corregido.

Eso hace el nuevo Superman. Ya no encarna ambigüedad —una mezcla difícil de clasificar— sino una corrección emocional. Ya no hay dilema, hay consuelo. Y el dilema es lo que nos obliga a pensar: una situación sin respuesta fácil, donde elegir implica perder algo.

En el universo de Zack Snyder, Superman era incómodo. No se adaptaba ni tranquilizaba. Era observado, juzgado, interrogado. Su poder no lo volvía aceptable, lo volvía problemático. Y eso era valioso: el espectador no se sentía reconfortado, se sentía interpelado. La historia lo llamaba a pensar, a revisar sus ideas, a preguntarse cosas difíciles: ¿Qué significa tener poder? ¿Intervenir en el mundo? ¿Pertenecer a una comunidad?

Ese Superman no era un modelo de conducta, era un dilema ético. Nos obligaba a pensar en lo que implica tener fuerza, en lo que cuesta decidir, en lo que significa ser diferente.

El Superman vulnerable: estetización del colapso y renuncia al conflicto

El nuevo Superman, en cambio, se emancipa de sus padres radicales —como un inmigrante que escapa de un régimen autoritario— y se vuelve moralmente aceptable para la cultura dominante. Su diferencia ya no incomoda: ha sido suavizada. Ya no hay tensión, hay adaptación. Ya no hay política, hay emoción.

La redención que se nos ofrece no transforma el mundo ni cuestiona estructuras injustas. Es emocional, no política. El héroe aprende a ser bueno, a ayudar, a sonreír. El espectador se conmueve, se identifica, se tranquiliza. Todo está en su lugar. Todo es correcto.

Hay algo inquietante en cómo se construye la humanidad del personaje. Este Superman nos propone empatizar con él desde sus emociones desbordadas: ansiedad, dudas, crisis afectivas. Como si el descontrol emocional fuera prueba de autenticidad.

Pero eso no es mostrar vulnerabilidad, sino convertirla en virtud legitimada. La película nos dice que está bien no poder sostenerse, que el colapso emocional nos hace reales. Y en ese gesto, lo que se celebra no es la fragilidad, sino la renuncia al conflicto.

Y eso es peligroso. El conflicto —la tensión entre fuerzas opuestas, entre deseos contradictorios— nos obliga a pensar, a elegir, a actuar. Sin conflicto, no hay ética del cuidado. Y sin ética del cuidado, no hay comunidad. En su lugar aparece una estetización del colapso: el sufrimiento se vuelve bello, legítimo, tranquilizador. Pero no nos ayuda a pensar cómo cuidar al otro, cómo resistir juntos, cómo construir vínculos.

La utopía disfrazada: ingenuidad como virtud, terquedad como moral

No hay dilema, hay certeza emocional. Y eso es peligroso. Porque cuando la certeza emocional reemplaza el conflicto ético, aparece el dogmatismo disfrazado de virtud. Una pedagogía afectiva que tranquiliza, pero también homogeneiza. Como cuando se integra al inmigrante solo si se adapta, si se corrige, si deja de ser diferente.

El nuevo Superman no incomoda, no interroga, no tensiona. Su humanidad es barro legitimado, su ingenuidad se presenta como pureza espiritual, su terquedad como moral. Todo parece utópico, pero es una utopía simplificada, anestesiante.

Edgar Morin lo advirtió: el pensamiento complejo es necesario para entender el mundo. Pero estas narrativas lo reemplazan por una pedagogía emocional que evita la ambigüedad, la contradicción, el dilema.

¿Los nuevos superhéroes vienen a consolarnos o a domesticarnos? ¿A acompañar el dolor o a impedir que lo transformemos? ¿Son el nuevo psicoanálisis de la resignación, donde la vulnerabilidad se estetiza y la aceptación se convierte en horizonte político?

Adolescentización de los adultos: el elogio a la inmadurez emocional

Uno de los síntomas más inquietantes de este siglo —amplificado en la pospandemia— es el elogio social a la adolescentización de los adultos. Se celebra la juventud eterna, o peor aún, la adultez que nunca maduró. En este contexto, los nuevos superhéroes no representan dominio propio ni transformación ética: representan la legitimación de no saber gestionar las emociones.

La empatía desbordada se convierte en virtud, y el referente ya no es modelo de perfección, sino humanidad de barro. Ya no hay veneración a los modelos, hay referencialidad de pares. El héroe es igual a nosotros, y eso nos calma la frustración. Nos dice que no hace falta transformarse, solo sentirse. Que no hace falta decidir, solo padecer.

Este tipo de Superman no propone madurez, propone consuelo. No enseña a elegir, enseña a aceptar. Y en ese gesto, la pedagogía narrativa se convierte en una pedagogía emocional que evita el pensamiento ético. Se celebra la autenticidad emocional, pero se renuncia al conflicto moral.

Smallville como tránsito ético: el héroe que aprende a ser adulto

El Superman que me gusta es el de la serie Smallville. No porque sea perfecto, sino porque encarna el tránsito hacia la adultez. Es un personaje que tropieza, que se equivoca, que aprende a través de las consecuencias de sus decisiones mal tomadas. Su camino no es de consuelo, es de formación ética.

En Smallville, el héroe no nace sabiendo qué está bien y qué está mal. Lo descubre en el camino, en la tensión entre sus deseos, sus responsabilidades y sus vínculos. Esa narrativa no tranquiliza: incomoda. No ofrece respuestas, propone preguntas. Y eso es profundamente pedagógico.

La adultez no es solo una etapa biológica, es una posición ética. Implica asumir consecuencias, sostener vínculos, resistir la tentación de la evasión. El Superman de Smallville no es un modelo de perfección, es un modelo de transformación. Y eso lo vuelve valioso: porque nos enseña que crecer no es adaptarse, es pensar.

El anti-nietzscheano: del superhombre al consuelo legitimado

El Superman actual parece ser el elogio inverso al superhombre nietzscheano. No hay afirmación de la voluntad, ni superación de la fragilidad, ni conquista ética del poder. Hay resignación, aceptación, consuelo. El héroe vulnerable se convierte en opio emocional: aplaca el dolor, no lo transforma. Nos invita a sentir, no a decidir.

En tiempos donde la inteligencia artificial emula capacidades humanas, este tipo de referencias narrativas parecen retrotraer la potencia humana. Se celebra la ansiedad, el miedo, la hipersensibilidad, la angustia como autenticidad. Pero esa celebración no es resistencia, es evasión legitimada.

El negocio del entretenimiento ha desplazado la referencia moral para convertirse en consuelo emocional. Y tal vez, también en evasión política. ¿Será que hay un héroe reaccionario al héroe colectivo, que viene a proponernos que mejor que cambiar las cosas es aceptarlas? ¿Será que las nuevas películas de superhéroes vulnerables son el nuevo psicoanálisis de la resignación y la aceptación?

El Eternauta: el héroe colectivo como ética del cuidado

En contraste con el héroe emocionalmente domesticado, aparece otra figura: el héroe colectivo. En la historieta El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld, el protagonista no es un individuo excepcional, sino una comunidad que resiste. El héroe es el grupo, el vínculo, la acción compartida.

El Eternauta no busca consuelo, busca cuidado. No se celebra por su autenticidad emocional, sino por su capacidad de sostener al otro, de resistir juntos, de pensar en común. Es una ética del vínculo, no de la evasión. Una pedagogía de la complejidad, no de la simplificación.

Frente al Superman vulnerable que nos invita a aceptar el dolor como destino, el Eternauta nos propone enfrentarlo como comunidad. No hay redención individual, hay resistencia colectiva. Y eso es profundamente político.

El cine como espacio ético: pensar juntos, resistir juntos

El cine no es solo entretenimiento. Es un espacio ético, un lugar donde se ensayan formas de vivir, de sentir, de resistir. Cuando una película nos tranquiliza, nos consuela, nos invita a aceptar el mundo tal como es, está eligiendo una posición. Y esa posición puede ser política, filosófica, pedagógica.

Los superhéroes no son solo personajes: son mitos contemporáneos. Y como todo mito, pueden enseñarnos a pensar o pueden adormecernos. Pueden abrir preguntas o cerrar dilemas. Pueden invitarnos a resistir o a resignarnos.

Por eso, no se trata solo de si el nuevo Superman es más humano o más empático. Se trata de qué humanidad nos propone, qué ética nos transmite, qué comunidad nos invita a imaginar. Porque en tiempos de crisis, lo que necesitamos no es consuelo, sino pensamiento. No es evasión, sino vínculo. No es aceptación, sino transformación.

Cuentos in Correctos

© Antología tardía. Volumen 1. Cuentos in Correctos

Autor: Fernando Bustos Odzomek
Editorial: DUNKEN
Año de publicación: 2023
Lugar: Ciudad Autónoma de Buenos Aires
ISBN: 978-987-85-2886-1
Páginas: 120
Género: Cuentos / Utopías / Revoluciones / Protestas / Militancias / Conflictos sociales
Formato: Digital (reimpresión en proceso 2026)
Disponibilidad: Autor sin intermediarios → jubileo21@gmail.com

Antología tardía. Volumen 1

Puede definirse a este libro como una ópera prima tardía y a la vez como una antología de autor, ya que reúne parte de textos producidos por más de quince años. Muchos de los cuales dejaron de ser inéditos al ser premiados con su publicación en diversos concursos literarios desde 2016.

Sin embargo, no fueron seleccionados para integrar este volumen por su calidad literaria, sino por su temática: la dimensión social del ser humano, como primera parte de una antología tríptica que en próximos volúmenes abordará la dimensión pasional y posteriormente la trascendental.

Encontrarán aquí un conjunto ecléctico de micro relatos, cuentos y relatos que invitan a un viaje literario a través de la crítica social, con historias que van desde un enfoque abstracto y atemporal hasta la recreación ficcional de hechos reales, con audaz explicitud y anclaje territorial y temporal.

Sin dejar de ser entretenimiento, el autor nos invita a indagar sobre la justicia social desde distintos ángulos. Para ello recurre, a veces al sarcasmo, otras al humor absurdo, a la fantasía, ciencia ficción, drama, suspenso y terror; sorprendiendo, en cada ocasión, con una propuesta diferente.

Utiliza herramientas discursivas como la crónica periodística, el texto bíblico, la redacción escolar, el discurso motivacional y otros lenguajes que enriquecen la experiencia de lectura y amplían el campo de lo posible en narrativa contemporánea.

(c) contratapa del libro.

Reseña de Elizabeth. Novela

Entre la travesía iniciática y el pensamiento en voz viva

© Adelmo Alvares. Para revista Alhucema, España

¿Se puede contar una buena historia sin renunciar a la profundidad conceptual? ¿Puede una novela de suspenso funcionar simultáneamente como reflexión filosófica, intervención cultural y ensayo sobre lo no dicho? La respuesta está en Elizabeth, la primera obra de largo aliento del escritor argentino Fernando Bustos Odzomek. Una novela que, sin dejar de entretener, propone una forma diferente de entender lo que llamamos ficción latinoamericana.

Lo primero que sorprende al leer Elizabeth es su capacidad para moverse en varios registros sin perder cohesión. Quien busca trama, la encuentra: un forastero que llega a un lugar extraño, un misterio por resolver, una atmósfera de tensión creciente. Quien busca ideas, también las halla: personajes que piensan en voz alta, escenas que se convierten en laboratorios de conceptos, un recorrido simbólico que funciona como iniciación intelectual tanto para el protagonista como para el lector. Y todo esto convive en una arquitectura narrativa que nunca fuerza la didáctica ni sacrifica el ritmo por el peso de las tesis.

Como sucede con ciertas series que se ofrecen como entretenimiento y resultan ser mucho más (el caso paradigmático es Los Simpson, que puede disfrutarse tanto por sus bromas evidentes como por sus capas de ironía política, crítica cultural y referencias filosóficas), Elizabeth construye una experiencia de lectura dual. Para algunos será una novela de misterio con resolución sorprendente; para otros, una travesía epistémica que interroga el sentido de lo heredado, lo aprendido y lo olvidado. Ambos lectores encuentran lo que buscan. Y eso, en narrativa contemporánea, no es poco.

La clave del método de Odzomek está en su decisión formal: en lugar de explicar conceptos, los pone en juego. La novela no incluye ensayos disfrazados de diálogo, sino diálogos que funcionan como ensayos vivos. Como los filósofos griegos clásicos —Platón, Jenofonte, Diógenes— el autor elige que el pensamiento surja de la conversación, del conflicto verbal, del desacuerdo. Sus personajes no repiten citas ni sostienen posiciones cerradas: se contradicen, dudan, confrontan saberes. El lector se convierte en testigo de un proceso, no de una lección.

Este formato permite que el saber no se imponga, sino que se descubra. La palabra hablada —con sus silencios, sus digresiones, sus desvíos— recupera aquí el poder que la palabra escrita a menudo encorseta. Así, el texto respira como diálogo platónico postcolonial: con la misma vocación de pensamiento abierto, pero desde territorios que los griegos ni imaginaron.

Porque Elizabeth no se escribe desde Europa, ni siquiera desde el centro porteño. Se narra desde el sur —la Patagonia— y se piensa desde América. Y pensar desde América implica hacerlo desde sus tensiones, sus mestizajes, sus heridas. En ese sentido, la novela no es solo geográficamente situada: está epistemológicamente situada. Retoma conceptos de las epistemologías del sur (Boaventura de Sousa Santos), la filosofía decolonial (Dussel, Rivera Cusicanqui), las teorías del habitus (Bourdieu) y sobre todo, la obra de Rodolfo Kusch, cuya influencia impregna el texto como un susurro telúrico.

Kusch aparece no como cita, sino como presencia. Su idea del estar siendo, su propuesta de pensar desde lo americano sin traducirlo a lógicas europeas, su respeto por lo ritual y lo simbólico frente al pensamiento que todo lo diseca, se manifiestan en el alma misma de la novela. Los personajes no piensan para demostrar, sino para entender. No enuncian doctrinas, sino que tantean zonas oscuras. Y en ese tanteo, el lector también se ve implicado.

A nivel formal, Elizabeth está construida en capas. Hay una capa argumental: la historia, el suspenso, la travesía. Una capa emocional: los vínculos, la identidad, el miedo, la pérdida. Y una capa conceptual: la filosofía, la cultura, la memoria colectiva. Esta superposición no genera ruido, sino resonancia. Cada diálogo tiene sentido narrativo, pero también reverbera como discurso filosófico situado. Y esa es otra de las virtudes del texto: puede ser leído como novela breve, como primer tomo de una saga más extensa o como alegoría autónoma sobre la experiencia de pensar en movimiento.

La voz del autor no aparece de forma explícita, pero se filtra con claridad en el tono: hay una búsqueda de descolonización en la mirada, un respeto profundo por las cosmovisiones ancestrales, una distancia deliberada de los estereotipos y una autocrítica permanente sobre el lugar desde el que se escribe. Odzomek no se presenta como experto, sino como viajero que aprende. Y su narrador —o sus personajes— no dictan verdad, sino que la buscan, entre el barro y el mito.

Esta novela puede leerse también como un gesto político. No partidario, sino cultural. Escribir sobre la Patagonia sin exotismo, sobre lo andino sin solemnidad, sobre el pensamiento indígena sin paternalismo ni romanticismo, es una forma de resistencia. Y hacerlo dentro de una novela de suspenso, con ritmo, con tensión, con belleza, es una forma inteligente de ampliar el campo de lo posible en literatura.

En resumen, Elizabeth es una novela doble: visible por su trama, latente por sus ideas. No exige del lector más que disposición. Y ofrece mucho más de lo que promete. En tiempos donde la literatura se ve muchas veces obligada a elegir entre profundidad y popularidad, esta obra se atreve a sostener ambas, como en una conversación sincera entre opuestos que se respetan.

Y eso, en sí mismo, ya es una forma de pensar.

viernes, 31 de octubre de 2025

Novela Elizabeth. Venta directa del autor (FRAGMENTO DE LECTURA LIBRE) Novedad 2025

Elizabeth. La niña blanca y el anchimallén

Un joven, el rastro de un padre desaparecido, una travesía iniciática por la Patagonia.

La búsqueda de su propia identidad. Dos décadas entremezcladas (1960 y 1980).

Un enigma a resolver: la desaparición de una niña.

Misterio. Suspenso. Terror.

Una excusa para introducir al lector en la cosmovisión ancestral mapuche y su mitología.

Un verídico revisionismo histórico de la primavera democrática.

Autor: Fernando Bustos Odzomek
Editorial: Escritores con gatos
Año de publicación: 2025
Lugar: San Martín, provincia de Buenos Aires
ISBN: 978-987-88-7287-5
Páginas: 160
Género: Narrativa / Suspenso / Terror patagónico / Mitología mapuche / Historia / Erotismo moderado / Teología
Formato: Impreso y digital
Disponibilidad: Autor sin intermediarios → jubileo21@gmail.com

Fragmento de Elizabeth. La niña blanca y el anchimallén

—Te invito a cenar en casa con mi familia.

Lo dijo mientras emprendía el viaje hacia algún lugar. No esperó una respuesta, ni siquiera alguna reacción automática. Simplemente la dio por consumada.

No soy estúpido. Supe que no se trataba de autoconfianza sino de una estrategia de ventas. Pero le seguí el juego. Necesitaba procurar un refugio y especulaba con poder abrir opciones a partir de este encuentro, forzado o no.

Apurado, recogí la manta y la mochila, la colgué en mi espalda y, mientras arrastraba la tela, sin contestarle, ya estaba tratando de alcanzar sus pasos.

En otras circunstancias, como buen porteño, hubiese desconfiado de cualquier exuberante manifestación de hospitalidad, pero entre el cansancio —que distrajo mi precaución— y cierta urgencia por resolver la noche, sumada a una sensación de familiaridad, me empujó a seguirlo automáticamente.

Dobló en la esquina y caminó sin esperarme ni saber qué tan atrás estaba. No se dio vuelta en todo el trayecto.

Llegamos a su casa y me invitó a pasar a la sala de estar. Tomó mi equipaje y lo acomodó en un rincón. Me hizo sentar en un sofá al costado del hogar a leña, que ya estaba encendido.

En pocos minutos fui recuperando temperatura. Pero a medida que se relajaba mi cuerpo, más me dolía y manifestaba el cansancio acumulado. Y el hambre, por supuesto.

—Este es Gabriel, nuestro hijo adoptivo. Lo trajimos del mismo lugar en donde te encontré a ti.

Lo dijo del gato que estaba recostado frente a las llamas de la chimenea. Y me sonó como el sinceramiento de un secuestro. No del gato, sino sobre mí.

Esos segundos fueron interminables. ¿Habré picado el anzuelo?

El animal no dio cuenta de haberme visto, se comportó con total indiferencia ante mi presencia. Yo, entré ofendido y asustado, tampoco me acerqué a tocarlo, aunque por un instante lo sentí como una víctima hermanada.

Estaba allí por voluntad propia. Es decir… mi especulación no era una manipulación proactiva, sino más bien pasiva. Era yo quien me estaba dejando manipular, por conveniencia. En la incertidumbre y el riesgo.

Tal vez como el gato… o no tanto, porque en definitiva, los gatos siempre tienen el control. Yo apenas tenía la necesidad, la desconfianza oculta, y cierto grado de precaución. O por lo menos, atención. La que el cuerpo me permitía sostener.

—Acomódate mientras voy a preparar la mesa.

Lo dijo el hombre y desapareció tras una puerta.

Medio recostado en el sillón, escudriñé con la mirada toda la sala: las paredes, los muebles, los adornos. Me detuve en una repisa, en una escultura de una muñeca tallada en madera roja.

Era símil, en tamaño y forma, a una típica muñeca de porcelana. También vestida como las tradicionales, pero esta era de madera maciza, como si se tratase de una emulación de las de porcelana. Sin pelos ni ojos, solo madera tallada. Es decir, pelos y ojos de la misma madera: una sola pieza, vestida en tela.

Y al lado, un retrato. Tal vez de la muñeca original.

Me acerqué a verla, estiré la mano para tomarlo de lo alto… y una voz femenina me dijo.

—Es un regalo del anciano del pueblo, la hizo él con sus propias manos… sus manos y sus cuchillos. La única de su especie. Él suele hacer muñecas según su arte indígena, pero esta vez, solo esta vez, la hizo según la forma occidental de representar una muñeca.

Lo dijo aquella bella mujer de melena lacia y rubia, de ojos celestes brillantes, de no más de treinta o treinta y dos años.

Entonces, en vez de tomar el retrato, agarré la muñeca y observé los detalles. Efectivamente comprobé que estaba hecha de una sola pieza. Por instinto nomás, lo primero que hice fue intentar moverle los brazos, como si estuviesen articulados, pero no. Y después, sosteniéndola con una sola mano desde uno de los brazos, advertí su peso. En realidad no sé medir a ojo ni a mano, pero por lo pesada concluí que era maciza en toda la pieza, hecha de alguna madera noble. No solo tallada, sino también lustrada.

La señora se acercó, extendió su mano derecha y yo no supe si darle mi mano o besarle la suya o qué. Solo atiné a darle la escultura. Ella la agarró y me mostró los detalles del bordado del vestido.

Del miedo y la desconfianza pasé al pudor y la timidez absoluta. La mujer era muy atractiva. Pero, aunque no tuviese actitud seductora —o por lo menos, en ese primer contacto no podría juzgarla de eso— su magnetismo potenciaba su belleza, y eso me incomodaba de manera indisimulable.

—Mi abuela solía hacer los vestidos de mis muñecas, todavía conservo algunos. Me llamo Eugenia.

Lo dijo mientras me devolvía la muñeca. Fue entonces cuando me di cuenta que la estaba agarrando como un objeto, y en un movimiento extraño la tomé como si se tratase de una niña o un bebé. Algo extraño, porque para niña no tenía el tamaño y para bebé no tenía la forma, pero después de las palabras de ella, la muñeca pasó instintivamente a ser una persona para mí.

Y esas dudas de cómo sostenerla se notaron, creo. La volví a colocar en la repisa, con el cuidado de dejarla en la misma posición en la que estaba, y al verla de nuevo en el estante, me inundó una sensación de vergüenza y estupidez. Claro que era un objeto. Una cosa con gran valor afectivo. Simplemente una fetichización familiar, en términos marxistas más que freudianos.

Y entonces, acaricié el vestido con la intención de plancharle las arrugas del manoseo. Hoy, a la distancia, en retrospectiva, pienso que tal vez mostré un gesto de fetichización freudiana, dado los acontecimientos posteriores.

..............................

Encendió un sol de noche, sacó sábanas y frazadas de un baúl y me señaló una repisa con algunos libros.

Desconcertado por el precipitado desarrollo de los acontecimientos, entre sensaciones contrapuestas y la derivación de la charla, me encontré cediendo ante el deseo implícito de que me invitasen a pasar la noche. Claro, era lo que esperaba desde el mismo momento en que el gringo me invitó a beber de su botella en la plaza.

Pero no es lo mismo la expectativa, vestida de fantasía esperanzadora, que una invitación concreta. Esta última implica ingredientes mucho más realistas. No es lo mismo soñar con hacer el amor en la playa nocturna, que revolcarse desnudos en el suelo, sin ver nada, con viento y arena que se te mete por todos lados y ruidos entre los yuyos que desconocés.

Pero ahí estaba, tratando de no hundirme en la traducción, en el pasaje de la opción de fantasía a la opción real. Sabiendo que de opción había poco y nada. No había mucho por decidir: las circunstancias prácticamente jugaban a hacerme sentir libre, cuando en realidad no lo estaba siendo del todo.

—Es costumbre levantarnos temprano a desayunar. Sugiero que no leas mucho y aproveches el tiempo para dormir. Tal vez tengas ocho horas para soñar. Podés pasar por el baño, abajo, ahora. Y si por la noche tenés necesidad…

Me señaló una jarra de acero, vieja. —Buenas noches.

Detrás de su retiro arribó Gabriel. El único de los anfitriones que no me hizo sentir bienvenido en ningún momento.

Conozco muchas personas que tienen aberración a los felinos. Nunca fue mi caso, ni siquiera tuve problemas de alergia. Y aunque tampoco conviví con gatos, en varias ocasiones fui amigo de vecinos de terrazas, patios, e incluso brindé mi regazo en sofás ajenos en muchas oportunidades.

Es decir, que hasta entonces, si se trató de algún amor no correspondido, fue de parte mía. En toda experiencia fue buscado. Pero esta vez no. Fue Gabriel. Él, distante.

Lo tomé como presagio, como característica del habitante medio de Amukonú.

Se sentó sobre la tapa del baúl cerrado. Se quedó quieto, mirándome fijo, como si no se diera cuenta de que era un gato y no una lechuza. Apagué la luz y sus ojos se hicieron cada vez más brillantes; no dejaba de mirarme en silencio.

Un largo día, con mucho para procesar, en un espacio confortable pero extraño, que invitaba a hacer un balance: el primero desde que crucé el riachuelo para salir de Capital. Y sin embargo, no era el sueño lo que me impedía reflexionar en la oscuridad, sino alguna inquietud subconsciente, un estado de alerta que se sobre-situaba al cansancio.

Muchas emociones, mucha experiencia concentrada en apenas pocas horas. El duelo no procesado de mi madre, salir por primera vez de un radio de 400 km de mi casa, dormir en una estación de tren, viajar en camión, recibir contención de una red de camioneros, dormir en la intemperie en soledad, caminar sin rumbo en medio de la nada, aceptar la invitación de un extraño a pasar la noche en su casa.

Y esa mujer…

Cerré los ojos para intentar olvidarme de la mirada del puto gato, y el silencio comenzó a serme cada vez más pesado. A lo lejos, el susurro del viento. El llanto de la niña del bosque.

Un llanto cada vez más nítido. Un lloriqueo vergonzoso, susurrado, apagado pero transparente, que desde lo lejano del horizonte se coló entre el crujir de la madera de las aguas del cielo raso y entró al altillo.

Maderas viejas, pensé. Silbido del viento entre las ramas del bosque. Esas jugarretas extrañas que te hace el cerebro después de tanto ron.

Me di vuelta, dejando de estar de espaldas a Gabriel, y busqué su mirada para averiguar si él también percibía esa sensación de estar acompañados por la niña…

Y ¡Dios mío! Estaba frente a mí: la sombra de la niña en la oscuridad. Los ojos del gato eran los ojos de la niña mirándome.

Me di vuelta y me tapé la cabeza con la frazada. Entoné unos jadeos ahogados y volví a mirarla. Allí donde estaba la niña, parada frente a la pared, al costado del baúl, estaba la sombra del animal. Sus ojos brillantes, luminosamente verdes. Mirándome fijo. El gato lechuza. En silencio. Sin llantos ni gemidos.

Volví a darme vuelta y a taparme con las cobijas, cagado en las patas, de miedo y frío en los huesos.

Me desperté con el canto de pájaros, olor a pan caliente y café, que venía de abajo. Estaba acostado en el suelo, en posición fetal, desabrigado y transpirado.

El árbol de palta

–Buen día, vecino. ¡Qué linda mañana, ¿no?!!

–Sí. La verdad… ¡Hermosa!

–¿Haciendo un poco de jardinería?

–Un poco… ahora que se puede salir a la vereda, estoy aprovechando para despejar la maleza. Voy a podar esta parte del paraíso para hacer espacio y plantar otro árbol.

–Este quedó muy lindo. ¿Qué es? ¿Un limonero?

–No. Es un pomelo rosado… se llama Star Ruby, es la especie más común de pomelo.

–No tan común para una vereda.

–Tiene razón. Limones, naranjas, incluso hasta mandarinas vi por el barrio, pero pomelos no. Tal vez por eso se me ocurrió plantar uno. En realidad, es el segundo. El primero lo planté el año pasado, antes de la pandemia, en un macetón en la terraza, y se me murió. No sé si por exceso de agua… fue un año muy lluvioso… o porque le daba el sol en todo momento… La cuestión es que se me secó, y me quedé con las ganas. Por eso este es como una revancha, que, por las dudas, para asegurarme que prenda, lo planté aquí abajo, en la vereda.

–Bueno, si aguanta el clima de la zona, seguro que va a prender. La palta le agarró muy bien. ¿Cuántos años tiene ya?

–Así grande como la ve, hace menos de 10 años que la planté. Y hace como tres temporadas que ya da frutos.

–Dígamelo a mí… El otro día tuve que echar a unos vagos que le estaban robando las frutas. Vinieron con una caña como de dos metros y un balde de veinte litros, los sofisticados. Toda una ingeniería de recolección de paltas, como si se tratase de profesionales. Si usaran esa creatividad para laburar, seguro que estaríamos mejor que Australia.

–Pero no, hombre. ¿Por qué los corrió?

–Porque le estaban afanando sus frutos… No le digo que vinieron con un balde de esos de pintura, de 20 litros. Estaban arrancando todas las paltas. Le estaban pelando el árbol.

–Déjelos. La próxima vez, que se lleven todo lo que quieran.

–Pero no le iba a quedar nada para usted.

–A mí no me gusta la palta.

–¿Y para qué plantó ese árbol, entonces?

–Porque son frutas caras. Para tener gratis y regalarlas.

–Bueno… por eso… ¿A quién les iba a regalar? Si se la estaban llevando todas.

–A cualquier persona que quiera paltas y las saque del árbol.

–Pero ellos eran dos y se la estaban llevando todas. ¿Sabe usted que las venden en la estación del tren? Me dijeron… somos laburantes… los atorrantes. Se las llevan gratis y las venden. No se las llevan para comer, las venden por unidad… y son caras. Se las llevan gratis y las venden.

–¿Y cuál es el problema?

–Si usted las va a regalar… por lo menos que se lleven, como máximo, dos cada uno, para comer. Y que les dejen a otras personas que no puedan comprar, para que también se puedan llevar gratis algunas frutas. Pero se querían llevar todas y venderlas.

–Es un rebusque. Seguramente esos chicos no la están pasando bien. Y vender unas paltas les permite asegurarse, por lo menos, ese día poder comprarse algo para comer.

–Seguramente con esa plata comprarían drogas.

–¿Usted los conoce?

–No, pero… usted tampoco. ¿Cómo sabe que no van a usar la plata para drogarse o comprar vino?

–No lo sé. Tal vez sí. Pero después de todo es su plata.

–Pero no. La plata es suya. Son sus paltas, que ellos se las llevan gratis y después las venden, no le digo.

–Ellos las venden como el verdulero las vende. Es un trabajo legítimo, honesto. No veo por qué usted piensa que el dinero no es de ellos. ¿Por qué se llevaron las paltas gratis? Vender es un trabajo. Hay que estar todo el día sentado al sol, en la barrera, esperando que les compren las frutas. No se venden solas… Hay que ofrecerlas… y la mayoría de la gente pasa por al lado y ni los mira… Después de todo, quién les compra, si quisieran, podrían pasar por acá, que estamos solo a cuatro cuadras de la estación, y llevarse todas las que quieran, gratis, como ellos. Pero si no quieren molestarse en esforzarse en sacarlas y están dispuestos a pagar, para ahorrarse la molestia… Bueno, ahí tiene… ese es el laburo por el cual ganan su dinero. La plata no es mía, es de ellos.

–Pero… ¿Y si compran drogas? Yo no quisiera ser cómplice de ellos. Porque indirectamente… aunque la plata sea de ellos, las paltas son suyas… Usted les permitió que se la lleven gratis.

–No hombre… ¿Por qué he de sentirme cómplice? Si ni siquiera las paltas son mías. Están en la vereda. Yo solo planté el árbol y lo riego de vez en cuando… la lluvia hace el resto. Además… los jóvenes son adultos, es su responsabilidad lo que hacen con su dinero, lo que hacen con sus vidas.

–Está bien… pero de alguna manera, como frentista… como un vecino de bien… usted está fomentando la vagancia… Yo no quisiera cargar en mis hombros esa responsabilidad.

–Mire… usted y yo somos personas muy distintas… por lo menos por dos grandes razones. Primero porque usted no conoce a esos jóvenes y presupone que son vagos, que eligen vender las paltas porque es una manera fácil de obtener dinero, que no tienen un trabajo formal porque no quieren o no buscan, y que malgastan su dinero y se autodestruyen. Y en cambio yo, presupongo que no tuvieron una vida fácil, que hacen lo que pueden, que no confían en nadie que les dé una mano porque están llenos de desencanto y desamparo y aun así eligen dejar de lado el resentimiento que engendra violencia, y sentarse en el piso y ofrecerle paltas a los oficinistas que bajan del tren. Y el segundo motivo que nos hace distintos es que mientras usted, ante la duda, prefiere no hacer nada para no sentirse responsable, yo… que no como paltas, fui a un vivero y elegí un árbol de palta en vez de un naranjo, con lo que me gustan las naranjas, sabiendo que tarda más de siete años en dar fruto, y sin embargo lo planté, a mi edad, con la esperanza y satisfacción de saber que alguien lo va a disfrutar… Espéreme un minuto, que voy a buscar unas paltas que saqué ayer, para que le lleve a sus hijos. ¿Usted come paltas?

–Sí, gracias… pero no hace falta. Yo puedo comprarles a mis hijos las frutas que quieran. Le agradezco mucho, pero mejor guárdelas para alguien que no tenga dinero. Me tengo que ir a hacer las compras. ¡Que tenga un buen día!

–Adiós vecino. Que tenga un buen día usted también.

© Antología tardía. Volumen 1. Cuentos in Correctos

Autor: Fernando Bustos Odzomek
Editorial: DUNKEN
Año de publicación: 2023
Lugar: Ciudad Autónoma de Buenos Aires
ISBN: 978-987-85-2886-1
Páginas: 120
Género: Cuentos / Utopías / Revoluciones / Protestas / Militancias / Conflictos sociales
Formato: Digital (reimpresión en proceso 2026)
Disponibilidad: Autor sin intermediarios → jubileo21@gmail.com