sábado, 1 de noviembre de 2025

¿Porque no me gusta el Superman actual?

Superman como mito: pedagogía narrativa y dilema ético

Cuando pensamos en Superman, imaginamos a alguien que vuela, tiene fuerza sobrehumana y salva al mundo. Pero detrás de esa imagen hay algo más profundo: Superman es un mito. En filosofía y crítica cultural, un mito es un relato que organiza cómo entendemos el mundo, qué está bien, qué está mal, qué es posible, qué es deseable.

Los mitos son modelos de pensamiento que nos enseñan sin que lo notemos. Por eso, cuando cambia el mito de Superman, no solo cambia el personaje: cambia lo que se nos propone como forma de vivir, sentir y actuar.

En las películas recientes, aparece un Superman “renovado”: más humano, empático y esperanzador. Pero esa renovación es una operación narrativa. La historia transmite un mensaje específico, construye una idea del mundo que parece natural, pero es una elección.

Esta operación simplifica el conflicto, que es clave en toda historia que nos hace pensar. Un conflicto no es solo una pelea entre buenos y malos, sino una tensión entre valores y formas de ver el mundo. Cuando se borra, queda una historia que moraliza la diferencia: nos dice cómo debemos ser para ser aceptados.

La moralización de la diferencia y el consuelo emocional

Imaginá que alguien llega a una escuela nueva, con costumbres distintas, otra forma de hablar, de vestirse, de pensar. Si es aceptado solo cuando se adapta, cuando se “corrige”, cuando deja de ser diferente, no hay inclusión: hay moralización de la diferencia. La diversidad se convierte en algo que debe ser domesticado, suavizado, corregido.

Eso hace el nuevo Superman. Ya no encarna ambigüedad —una mezcla difícil de clasificar— sino una corrección emocional. Ya no hay dilema, hay consuelo. Y el dilema es lo que nos obliga a pensar: una situación sin respuesta fácil, donde elegir implica perder algo.

En el universo de Zack Snyder, Superman era incómodo. No se adaptaba ni tranquilizaba. Era observado, juzgado, interrogado. Su poder no lo volvía aceptable, lo volvía problemático. Y eso era valioso: el espectador no se sentía reconfortado, se sentía interpelado. La historia lo llamaba a pensar, a revisar sus ideas, a preguntarse cosas difíciles: ¿Qué significa tener poder? ¿Intervenir en el mundo? ¿Pertenecer a una comunidad?

Ese Superman no era un modelo de conducta, era un dilema ético. Nos obligaba a pensar en lo que implica tener fuerza, en lo que cuesta decidir, en lo que significa ser diferente.

El Superman vulnerable: estetización del colapso y renuncia al conflicto

El nuevo Superman, en cambio, se emancipa de sus padres radicales —como un inmigrante que escapa de un régimen autoritario— y se vuelve moralmente aceptable para la cultura dominante. Su diferencia ya no incomoda: ha sido suavizada. Ya no hay tensión, hay adaptación. Ya no hay política, hay emoción.

La redención que se nos ofrece no transforma el mundo ni cuestiona estructuras injustas. Es emocional, no política. El héroe aprende a ser bueno, a ayudar, a sonreír. El espectador se conmueve, se identifica, se tranquiliza. Todo está en su lugar. Todo es correcto.

Hay algo inquietante en cómo se construye la humanidad del personaje. Este Superman nos propone empatizar con él desde sus emociones desbordadas: ansiedad, dudas, crisis afectivas. Como si el descontrol emocional fuera prueba de autenticidad.

Pero eso no es mostrar vulnerabilidad, sino convertirla en virtud legitimada. La película nos dice que está bien no poder sostenerse, que el colapso emocional nos hace reales. Y en ese gesto, lo que se celebra no es la fragilidad, sino la renuncia al conflicto.

Y eso es peligroso. El conflicto —la tensión entre fuerzas opuestas, entre deseos contradictorios— nos obliga a pensar, a elegir, a actuar. Sin conflicto, no hay ética del cuidado. Y sin ética del cuidado, no hay comunidad. En su lugar aparece una estetización del colapso: el sufrimiento se vuelve bello, legítimo, tranquilizador. Pero no nos ayuda a pensar cómo cuidar al otro, cómo resistir juntos, cómo construir vínculos.

La utopía disfrazada: ingenuidad como virtud, terquedad como moral

No hay dilema, hay certeza emocional. Y eso es peligroso. Porque cuando la certeza emocional reemplaza el conflicto ético, aparece el dogmatismo disfrazado de virtud. Una pedagogía afectiva que tranquiliza, pero también homogeneiza. Como cuando se integra al inmigrante solo si se adapta, si se corrige, si deja de ser diferente.

El nuevo Superman no incomoda, no interroga, no tensiona. Su humanidad es barro legitimado, su ingenuidad se presenta como pureza espiritual, su terquedad como moral. Todo parece utópico, pero es una utopía simplificada, anestesiante.

Edgar Morin lo advirtió: el pensamiento complejo es necesario para entender el mundo. Pero estas narrativas lo reemplazan por una pedagogía emocional que evita la ambigüedad, la contradicción, el dilema.

¿Los nuevos superhéroes vienen a consolarnos o a domesticarnos? ¿A acompañar el dolor o a impedir que lo transformemos? ¿Son el nuevo psicoanálisis de la resignación, donde la vulnerabilidad se estetiza y la aceptación se convierte en horizonte político?

Adolescentización de los adultos: el elogio a la inmadurez emocional

Uno de los síntomas más inquietantes de este siglo —amplificado en la pospandemia— es el elogio social a la adolescentización de los adultos. Se celebra la juventud eterna, o peor aún, la adultez que nunca maduró. En este contexto, los nuevos superhéroes no representan dominio propio ni transformación ética: representan la legitimación de no saber gestionar las emociones.

La empatía desbordada se convierte en virtud, y el referente ya no es modelo de perfección, sino humanidad de barro. Ya no hay veneración a los modelos, hay referencialidad de pares. El héroe es igual a nosotros, y eso nos calma la frustración. Nos dice que no hace falta transformarse, solo sentirse. Que no hace falta decidir, solo padecer.

Este tipo de Superman no propone madurez, propone consuelo. No enseña a elegir, enseña a aceptar. Y en ese gesto, la pedagogía narrativa se convierte en una pedagogía emocional que evita el pensamiento ético. Se celebra la autenticidad emocional, pero se renuncia al conflicto moral.

Smallville como tránsito ético: el héroe que aprende a ser adulto

El Superman que me gusta es el de la serie Smallville. No porque sea perfecto, sino porque encarna el tránsito hacia la adultez. Es un personaje que tropieza, que se equivoca, que aprende a través de las consecuencias de sus decisiones mal tomadas. Su camino no es de consuelo, es de formación ética.

En Smallville, el héroe no nace sabiendo qué está bien y qué está mal. Lo descubre en el camino, en la tensión entre sus deseos, sus responsabilidades y sus vínculos. Esa narrativa no tranquiliza: incomoda. No ofrece respuestas, propone preguntas. Y eso es profundamente pedagógico.

La adultez no es solo una etapa biológica, es una posición ética. Implica asumir consecuencias, sostener vínculos, resistir la tentación de la evasión. El Superman de Smallville no es un modelo de perfección, es un modelo de transformación. Y eso lo vuelve valioso: porque nos enseña que crecer no es adaptarse, es pensar.

El anti-nietzscheano: del superhombre al consuelo legitimado

El Superman actual parece ser el elogio inverso al superhombre nietzscheano. No hay afirmación de la voluntad, ni superación de la fragilidad, ni conquista ética del poder. Hay resignación, aceptación, consuelo. El héroe vulnerable se convierte en opio emocional: aplaca el dolor, no lo transforma. Nos invita a sentir, no a decidir.

En tiempos donde la inteligencia artificial emula capacidades humanas, este tipo de referencias narrativas parecen retrotraer la potencia humana. Se celebra la ansiedad, el miedo, la hipersensibilidad, la angustia como autenticidad. Pero esa celebración no es resistencia, es evasión legitimada.

El negocio del entretenimiento ha desplazado la referencia moral para convertirse en consuelo emocional. Y tal vez, también en evasión política. ¿Será que hay un héroe reaccionario al héroe colectivo, que viene a proponernos que mejor que cambiar las cosas es aceptarlas? ¿Será que las nuevas películas de superhéroes vulnerables son el nuevo psicoanálisis de la resignación y la aceptación?

El Eternauta: el héroe colectivo como ética del cuidado

En contraste con el héroe emocionalmente domesticado, aparece otra figura: el héroe colectivo. En la historieta El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld, el protagonista no es un individuo excepcional, sino una comunidad que resiste. El héroe es el grupo, el vínculo, la acción compartida.

El Eternauta no busca consuelo, busca cuidado. No se celebra por su autenticidad emocional, sino por su capacidad de sostener al otro, de resistir juntos, de pensar en común. Es una ética del vínculo, no de la evasión. Una pedagogía de la complejidad, no de la simplificación.

Frente al Superman vulnerable que nos invita a aceptar el dolor como destino, el Eternauta nos propone enfrentarlo como comunidad. No hay redención individual, hay resistencia colectiva. Y eso es profundamente político.

El cine como espacio ético: pensar juntos, resistir juntos

El cine no es solo entretenimiento. Es un espacio ético, un lugar donde se ensayan formas de vivir, de sentir, de resistir. Cuando una película nos tranquiliza, nos consuela, nos invita a aceptar el mundo tal como es, está eligiendo una posición. Y esa posición puede ser política, filosófica, pedagógica.

Los superhéroes no son solo personajes: son mitos contemporáneos. Y como todo mito, pueden enseñarnos a pensar o pueden adormecernos. Pueden abrir preguntas o cerrar dilemas. Pueden invitarnos a resistir o a resignarnos.

Por eso, no se trata solo de si el nuevo Superman es más humano o más empático. Se trata de qué humanidad nos propone, qué ética nos transmite, qué comunidad nos invita a imaginar. Porque en tiempos de crisis, lo que necesitamos no es consuelo, sino pensamiento. No es evasión, sino vínculo. No es aceptación, sino transformación.

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