viernes, 31 de octubre de 2025

Novela Elizabeth. Venta directa del autor (FRAGMENTO DE LECTURA LIBRE) Novedad 2025

Elizabeth. La niña blanca y el anchimallén

Un joven, el rastro de un padre desaparecido, una travesía iniciática por la Patagonia.

La búsqueda de su propia identidad. Dos décadas entremezcladas (1960 y 1980).

Un enigma a resolver: la desaparición de una niña.

Misterio. Suspenso. Terror.

Una excusa para introducir al lector en la cosmovisión ancestral mapuche y su mitología.

Un verídico revisionismo histórico de la primavera democrática.

Autor: Fernando Bustos Odzomek
Editorial: Escritores con gatos
Año de publicación: 2025
Lugar: San Martín, provincia de Buenos Aires
ISBN: 978-987-88-7287-5
Páginas: 160
Género: Narrativa / Suspenso / Terror patagónico / Mitología mapuche / Historia / Erotismo moderado / Teología
Formato: Impreso y digital
Disponibilidad: Autor sin intermediarios → jubileo21@gmail.com

Fragmento de Elizabeth. La niña blanca y el anchimallén

—Te invito a cenar en casa con mi familia.

Lo dijo mientras emprendía el viaje hacia algún lugar. No esperó una respuesta, ni siquiera alguna reacción automática. Simplemente la dio por consumada.

No soy estúpido. Supe que no se trataba de autoconfianza sino de una estrategia de ventas. Pero le seguí el juego. Necesitaba procurar un refugio y especulaba con poder abrir opciones a partir de este encuentro, forzado o no.

Apurado, recogí la manta y la mochila, la colgué en mi espalda y, mientras arrastraba la tela, sin contestarle, ya estaba tratando de alcanzar sus pasos.

En otras circunstancias, como buen porteño, hubiese desconfiado de cualquier exuberante manifestación de hospitalidad, pero entre el cansancio —que distrajo mi precaución— y cierta urgencia por resolver la noche, sumada a una sensación de familiaridad, me empujó a seguirlo automáticamente.

Dobló en la esquina y caminó sin esperarme ni saber qué tan atrás estaba. No se dio vuelta en todo el trayecto.

Llegamos a su casa y me invitó a pasar a la sala de estar. Tomó mi equipaje y lo acomodó en un rincón. Me hizo sentar en un sofá al costado del hogar a leña, que ya estaba encendido.

En pocos minutos fui recuperando temperatura. Pero a medida que se relajaba mi cuerpo, más me dolía y manifestaba el cansancio acumulado. Y el hambre, por supuesto.

—Este es Gabriel, nuestro hijo adoptivo. Lo trajimos del mismo lugar en donde te encontré a ti.

Lo dijo del gato que estaba recostado frente a las llamas de la chimenea. Y me sonó como el sinceramiento de un secuestro. No del gato, sino sobre mí.

Esos segundos fueron interminables. ¿Habré picado el anzuelo?

El animal no dio cuenta de haberme visto, se comportó con total indiferencia ante mi presencia. Yo, entré ofendido y asustado, tampoco me acerqué a tocarlo, aunque por un instante lo sentí como una víctima hermanada.

Estaba allí por voluntad propia. Es decir… mi especulación no era una manipulación proactiva, sino más bien pasiva. Era yo quien me estaba dejando manipular, por conveniencia. En la incertidumbre y el riesgo.

Tal vez como el gato… o no tanto, porque en definitiva, los gatos siempre tienen el control. Yo apenas tenía la necesidad, la desconfianza oculta, y cierto grado de precaución. O por lo menos, atención. La que el cuerpo me permitía sostener.

—Acomódate mientras voy a preparar la mesa.

Lo dijo el hombre y desapareció tras una puerta.

Medio recostado en el sillón, escudriñé con la mirada toda la sala: las paredes, los muebles, los adornos. Me detuve en una repisa, en una escultura de una muñeca tallada en madera roja.

Era símil, en tamaño y forma, a una típica muñeca de porcelana. También vestida como las tradicionales, pero esta era de madera maciza, como si se tratase de una emulación de las de porcelana. Sin pelos ni ojos, solo madera tallada. Es decir, pelos y ojos de la misma madera: una sola pieza, vestida en tela.

Y al lado, un retrato. Tal vez de la muñeca original.

Me acerqué a verla, estiré la mano para tomarlo de lo alto… y una voz femenina me dijo.

—Es un regalo del anciano del pueblo, la hizo él con sus propias manos… sus manos y sus cuchillos. La única de su especie. Él suele hacer muñecas según su arte indígena, pero esta vez, solo esta vez, la hizo según la forma occidental de representar una muñeca.

Lo dijo aquella bella mujer de melena lacia y rubia, de ojos celestes brillantes, de no más de treinta o treinta y dos años.

Entonces, en vez de tomar el retrato, agarré la muñeca y observé los detalles. Efectivamente comprobé que estaba hecha de una sola pieza. Por instinto nomás, lo primero que hice fue intentar moverle los brazos, como si estuviesen articulados, pero no. Y después, sosteniéndola con una sola mano desde uno de los brazos, advertí su peso. En realidad no sé medir a ojo ni a mano, pero por lo pesada concluí que era maciza en toda la pieza, hecha de alguna madera noble. No solo tallada, sino también lustrada.

La señora se acercó, extendió su mano derecha y yo no supe si darle mi mano o besarle la suya o qué. Solo atiné a darle la escultura. Ella la agarró y me mostró los detalles del bordado del vestido.

Del miedo y la desconfianza pasé al pudor y la timidez absoluta. La mujer era muy atractiva. Pero, aunque no tuviese actitud seductora —o por lo menos, en ese primer contacto no podría juzgarla de eso— su magnetismo potenciaba su belleza, y eso me incomodaba de manera indisimulable.

—Mi abuela solía hacer los vestidos de mis muñecas, todavía conservo algunos. Me llamo Eugenia.

Lo dijo mientras me devolvía la muñeca. Fue entonces cuando me di cuenta que la estaba agarrando como un objeto, y en un movimiento extraño la tomé como si se tratase de una niña o un bebé. Algo extraño, porque para niña no tenía el tamaño y para bebé no tenía la forma, pero después de las palabras de ella, la muñeca pasó instintivamente a ser una persona para mí.

Y esas dudas de cómo sostenerla se notaron, creo. La volví a colocar en la repisa, con el cuidado de dejarla en la misma posición en la que estaba, y al verla de nuevo en el estante, me inundó una sensación de vergüenza y estupidez. Claro que era un objeto. Una cosa con gran valor afectivo. Simplemente una fetichización familiar, en términos marxistas más que freudianos.

Y entonces, acaricié el vestido con la intención de plancharle las arrugas del manoseo. Hoy, a la distancia, en retrospectiva, pienso que tal vez mostré un gesto de fetichización freudiana, dado los acontecimientos posteriores.

..............................

Encendió un sol de noche, sacó sábanas y frazadas de un baúl y me señaló una repisa con algunos libros.

Desconcertado por el precipitado desarrollo de los acontecimientos, entre sensaciones contrapuestas y la derivación de la charla, me encontré cediendo ante el deseo implícito de que me invitasen a pasar la noche. Claro, era lo que esperaba desde el mismo momento en que el gringo me invitó a beber de su botella en la plaza.

Pero no es lo mismo la expectativa, vestida de fantasía esperanzadora, que una invitación concreta. Esta última implica ingredientes mucho más realistas. No es lo mismo soñar con hacer el amor en la playa nocturna, que revolcarse desnudos en el suelo, sin ver nada, con viento y arena que se te mete por todos lados y ruidos entre los yuyos que desconocés.

Pero ahí estaba, tratando de no hundirme en la traducción, en el pasaje de la opción de fantasía a la opción real. Sabiendo que de opción había poco y nada. No había mucho por decidir: las circunstancias prácticamente jugaban a hacerme sentir libre, cuando en realidad no lo estaba siendo del todo.

—Es costumbre levantarnos temprano a desayunar. Sugiero que no leas mucho y aproveches el tiempo para dormir. Tal vez tengas ocho horas para soñar. Podés pasar por el baño, abajo, ahora. Y si por la noche tenés necesidad…

Me señaló una jarra de acero, vieja. —Buenas noches.

Detrás de su retiro arribó Gabriel. El único de los anfitriones que no me hizo sentir bienvenido en ningún momento.

Conozco muchas personas que tienen aberración a los felinos. Nunca fue mi caso, ni siquiera tuve problemas de alergia. Y aunque tampoco conviví con gatos, en varias ocasiones fui amigo de vecinos de terrazas, patios, e incluso brindé mi regazo en sofás ajenos en muchas oportunidades.

Es decir, que hasta entonces, si se trató de algún amor no correspondido, fue de parte mía. En toda experiencia fue buscado. Pero esta vez no. Fue Gabriel. Él, distante.

Lo tomé como presagio, como característica del habitante medio de Amukonú.

Se sentó sobre la tapa del baúl cerrado. Se quedó quieto, mirándome fijo, como si no se diera cuenta de que era un gato y no una lechuza. Apagué la luz y sus ojos se hicieron cada vez más brillantes; no dejaba de mirarme en silencio.

Un largo día, con mucho para procesar, en un espacio confortable pero extraño, que invitaba a hacer un balance: el primero desde que crucé el riachuelo para salir de Capital. Y sin embargo, no era el sueño lo que me impedía reflexionar en la oscuridad, sino alguna inquietud subconsciente, un estado de alerta que se sobre-situaba al cansancio.

Muchas emociones, mucha experiencia concentrada en apenas pocas horas. El duelo no procesado de mi madre, salir por primera vez de un radio de 400 km de mi casa, dormir en una estación de tren, viajar en camión, recibir contención de una red de camioneros, dormir en la intemperie en soledad, caminar sin rumbo en medio de la nada, aceptar la invitación de un extraño a pasar la noche en su casa.

Y esa mujer…

Cerré los ojos para intentar olvidarme de la mirada del puto gato, y el silencio comenzó a serme cada vez más pesado. A lo lejos, el susurro del viento. El llanto de la niña del bosque.

Un llanto cada vez más nítido. Un lloriqueo vergonzoso, susurrado, apagado pero transparente, que desde lo lejano del horizonte se coló entre el crujir de la madera de las aguas del cielo raso y entró al altillo.

Maderas viejas, pensé. Silbido del viento entre las ramas del bosque. Esas jugarretas extrañas que te hace el cerebro después de tanto ron.

Me di vuelta, dejando de estar de espaldas a Gabriel, y busqué su mirada para averiguar si él también percibía esa sensación de estar acompañados por la niña…

Y ¡Dios mío! Estaba frente a mí: la sombra de la niña en la oscuridad. Los ojos del gato eran los ojos de la niña mirándome.

Me di vuelta y me tapé la cabeza con la frazada. Entoné unos jadeos ahogados y volví a mirarla. Allí donde estaba la niña, parada frente a la pared, al costado del baúl, estaba la sombra del animal. Sus ojos brillantes, luminosamente verdes. Mirándome fijo. El gato lechuza. En silencio. Sin llantos ni gemidos.

Volví a darme vuelta y a taparme con las cobijas, cagado en las patas, de miedo y frío en los huesos.

Me desperté con el canto de pájaros, olor a pan caliente y café, que venía de abajo. Estaba acostado en el suelo, en posición fetal, desabrigado y transpirado.

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