En paralelo, en América Latina se
popularizaron relatos culturales con la misma lógica: Charly García debatiendo
en televisión en Nueva York en los 80 sobre el rock en español, con un
periodista de la revista Rolling Stone. Ciro, de Los Piojos, discutiendo en
Chile con un crítico televisivo sobre la arrogancia del rock argentino. Shakira
en Colombia, enfrentando a un periodista que la acusaba de “traicionar la música
local”. En 2026, esa plantilla narrativa se trasladó masivamente a la política.
Desde entonces, los protagonistas ya no son músicos, sino presidentes y líderes
ideológicos.
Entre los textos más difundidos este año se encuentran: Milei vs.
Lula en Buenos Aires: un supuesto duelo en una cumbre regional inexistente, del
año pasado, donde Milei deja sin respuesta al presidente brasileño. Bukele vs.
el Papa en el Vaticano: circulan dos versiones, una donde Bukele busca conciliar
enfoques con el pontífice recién asumido y otra donde lo deslegitima
frontalmente, luego de que el vaticano haya sentado posición sobre derechos
humanos. Milei vs. Bachelet en CNN en Español: un debate televisivo inexistente
donde el libertario argentino derrota a la expresidenta chilena con cifras de
pobreza y desigualdad. Hebe de Bonafini vs. Milei en Canal 13: un relato
imposible, ya que ocurre después de su fallecimiento, y al igual que el de
Cristina Kirchner en el mismo canal, se desarrolla en escenarios inverosímiles
para su asistencia. Todos comparten el mismo desenlace: el antagonista queda en
silencio, el público confirma la victoria y el episodio se viraliza con millones
de visualizaciones.
Aunque existen versiones invertidas —como el caso de Petro
contra Rubio—, la mayoría de estos artículos se utilizan para propaganda de
derecha. El molde parece calzar mejor con líderes que se presentan como
outsiders, disruptivos y confrontativos frente a figuras del progresismo.
La estructura narrativa refuerza sesgos de derecha: El héroe libertario o
conservador derrota al antagonista progresista. Los datos citados se presentan
como “verdades irrefutables”. La viralización confirma la supuesta legitimidad
internacional del líder. Sin embargo, el hecho de que existan variantes al revés
demuestra que se trata de un esquema adaptable a cualquier ideología.
Es una
máquina propagandística que puede ser usada por derecha o izquierda, según
convenga. Estos artículos comparten rasgos que permiten reconocerlos: Escenarios
imposibles, debates o entrevistas que nunca ocurrieron. Antagonistas icónicos:
figuras reconocidas (Papa, Lula, Bachelet, Aristegui, Rubio).Datos manipulados o
inventados: cifras de pobreza, inflación o corrupción presentadas como
irrefutables, pero difícil de chequear. Estilo grandilocuente con lenguaje
narrativo épico. Enunciación de viralización inmediata: millones de
visualizaciones en horas, hashtags globales. Y comentarios elogiosos sospechosos
de identidades de usuarios extrañas, que denotan dinámicas de granjas de trolls
alquiladas.
Otra forma de verificar su falsedad es detectar las
inverosimilitudes locales.
La inteligencia artificial que los genera orienta la
narración al público del líder exaltado, pero no presta atención a los detalles
de la localidad donde supuestamente ocurre. Ejemplo: el público de El Salvador
no sabe cuándo falleció Hebe de Bonafini, pero un lector argentino sí puede
advertir que el artículo la ubica en un debate televisivo posterior a su muerte.
Lo mismo ocurre con escenarios imposibles como Cristina Kirchner en Canal 13 o
debates presidenciales que nunca existieron. En definitiva, la publicidad del
líder se da en escenarios que su público no conoce y por lo tanto no advierte la
falsedad, pero los lectores locales sí pueden identificar rápidamente las
inconsistencias.
El auge de estos artículos plantea un riesgo evidente: la
inundación de desinformación generada por inteligencia artificial. Todo indica
que en 2026 la cantidad de publicaciones creadas por IA podría superar a las
generadas por seres humanos.
El efecto inmediato es que muchos lectores tienden
a creer todo lo que confirma sus sesgos. Pero en una segunda instancia, el
riesgo es aún mayor: desconfiar de todo, incluso de lo verificable. En ese
escenario, quienes podrían salir fortalecidos a mediano plazo son: Los servicios
arancelados de chequeo de información, que se vuelven indispensables para
distinguir lo real de lo ficticio. Y a largo plazo, los actores que buscan
regular internet, con el argumento de proteger a la ciudadanía de la
manipulación masiva. Y lo peligroso no está en la regulación en su misma, sino
en que organismo recaiga y su arbitrariedad.
Estamos ante una nueva etapa de la
propaganda digital latinoamericana. Lo que comenzó como relatos culturales se
transformó en un instrumento político de masas, capaz de moldear percepciones y
reforzar identidades ideológicas. La clave para enfrentarlos es reconocer sus
patrones narrativos y entender que, detrás de la épica, lo que se busca es
convencer al electorado de que su líder ya ganó la batalla internacional, aunque
esa batalla nunca haya existido. En un mundo donde parecería que la profecía de
fukuyama, que predijo el fin de la historia, ahora no atenta sobre la
persistencia de un presente continuo,nada más, sino que se adentra en el control
de la narrativa del pasado. Pero lo sorprendente es que no se trata de re
escribir el relato de tiempos lejanos, para modificar la historia, sino del
pasado inmediato, de apenas ayer, del que generacionalmente fuimos testigos. Una
manipulación de nuestra propia memoria colectiva, para sincronizarla con sesgos
que aspiran a convertirse en hegemónicos, como parte de la llamada batalla
cultural.

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