miércoles, 25 de febrero de 2026

MENTIME, QUE ME GUSTA

El auge de los artículos propagandísticos ficticios en América Latina
En lo que va de este año comenzó a consolidarse un fenómeno digital que está transformando la manera en que circula la propaganda política en América Latina: la proliferación de artículos narrados como crónicas periodísticas, pero que en realidad son relatos ficticios de debates y confrontaciones. Estos textos, que se viralizan en redes sociales y plataformas de contenido, comparten una estructura narrativa uniforme y un objetivo claro: convencer al electorado local de que su líder es admirado y respetado internacionalmente, aunque los hechos narrados nunca hayan ocurrido. El formato no nació en la región. Su molde proviene de las publicaciones anti‑woke norteamericanas que circularon en 2025, donde se recreaban escenas ficticias de líderes de derecha enfrentando a periodistas o activistas progresistas. 


En paralelo, en América Latina se popularizaron relatos culturales con la misma lógica: Charly García debatiendo en televisión en Nueva York en los 80 sobre el rock en español, con un periodista de la revista Rolling Stone. Ciro, de Los Piojos, discutiendo en Chile con un crítico televisivo sobre la arrogancia del rock argentino. Shakira en Colombia, enfrentando a un periodista que la acusaba de “traicionar la música local”. En 2026, esa plantilla narrativa se trasladó masivamente a la política. Desde entonces, los protagonistas ya no son músicos, sino presidentes y líderes ideológicos. 


Entre los textos más difundidos este año se encuentran: Milei vs. Lula en Buenos Aires: un supuesto duelo en una cumbre regional inexistente, del año pasado, donde Milei deja sin respuesta al presidente brasileño. Bukele vs. el Papa en el Vaticano: circulan dos versiones, una donde Bukele busca conciliar enfoques con el pontífice recién asumido y otra donde lo deslegitima frontalmente, luego de que el vaticano haya sentado posición sobre derechos humanos. Milei vs. Bachelet en CNN en Español: un debate televisivo inexistente donde el libertario argentino derrota a la expresidenta chilena con cifras de pobreza y desigualdad. Hebe de Bonafini vs. Milei en Canal 13: un relato imposible, ya que ocurre después de su fallecimiento, y al igual que el de Cristina Kirchner en el mismo canal, se desarrolla en escenarios inverosímiles para su asistencia. Todos comparten el mismo desenlace: el antagonista queda en silencio, el público confirma la victoria y el episodio se viraliza con millones de visualizaciones. 

Aunque existen versiones invertidas —como el caso de Petro contra Rubio—, la mayoría de estos artículos se utilizan para propaganda de derecha. El molde parece calzar mejor con líderes que se presentan como outsiders, disruptivos y confrontativos frente a figuras del progresismo. La estructura narrativa refuerza sesgos de derecha: El héroe libertario o conservador derrota al antagonista progresista. Los datos citados se presentan como “verdades irrefutables”. La viralización confirma la supuesta legitimidad internacional del líder. Sin embargo, el hecho de que existan variantes al revés demuestra que se trata de un esquema adaptable a cualquier ideología.


Es una máquina propagandística que puede ser usada por derecha o izquierda, según convenga. Estos artículos comparten rasgos que permiten reconocerlos: Escenarios imposibles, debates o entrevistas que nunca ocurrieron. Antagonistas icónicos: figuras reconocidas (Papa, Lula, Bachelet, Aristegui, Rubio).Datos manipulados o inventados: cifras de pobreza, inflación o corrupción presentadas como irrefutables, pero difícil de chequear. Estilo grandilocuente con lenguaje narrativo épico. Enunciación de viralización inmediata: millones de visualizaciones en horas, hashtags globales. Y comentarios elogiosos sospechosos de identidades de usuarios extrañas, que denotan dinámicas de granjas de trolls alquiladas. 

Otra forma de verificar su falsedad es detectar las inverosimilitudes locales. La inteligencia artificial que los genera orienta la narración al público del líder exaltado, pero no presta atención a los detalles de la localidad donde supuestamente ocurre. Ejemplo: el público de El Salvador no sabe cuándo falleció Hebe de Bonafini, pero un lector argentino sí puede advertir que el artículo la ubica en un debate televisivo posterior a su muerte. Lo mismo ocurre con escenarios imposibles como Cristina Kirchner en Canal 13 o debates presidenciales que nunca existieron. En definitiva, la publicidad del líder se da en escenarios que su público no conoce y por lo tanto no advierte la falsedad, pero los lectores locales sí pueden identificar rápidamente las inconsistencias. 

El auge de estos artículos plantea un riesgo evidente: la inundación de desinformación generada por inteligencia artificial. Todo indica que en 2026 la cantidad de publicaciones creadas por IA podría superar a las generadas por seres humanos. El efecto inmediato es que muchos lectores tienden a creer todo lo que confirma sus sesgos. Pero en una segunda instancia, el riesgo es aún mayor: desconfiar de todo, incluso de lo verificable. En ese escenario, quienes podrían salir fortalecidos a mediano plazo son: Los servicios arancelados de chequeo de información, que se vuelven indispensables para distinguir lo real de lo ficticio. Y a largo plazo, los actores que buscan regular internet, con el argumento de proteger a la ciudadanía de la manipulación masiva. Y lo peligroso no está en la regulación en su misma, sino en que organismo recaiga y su arbitrariedad.


Estamos ante una nueva etapa de la propaganda digital latinoamericana. Lo que comenzó como relatos culturales se transformó en un instrumento político de masas, capaz de moldear percepciones y reforzar identidades ideológicas. La clave para enfrentarlos es reconocer sus patrones narrativos y entender que, detrás de la épica, lo que se busca es convencer al electorado de que su líder ya ganó la batalla internacional, aunque esa batalla nunca haya existido. En un mundo donde parecería que la profecía de fukuyama, que predijo el fin de la historia, ahora no atenta sobre la persistencia de un presente continuo,nada más, sino que se adentra en el control de la narrativa del pasado. Pero lo sorprendente es que no se trata de re escribir el relato de tiempos lejanos, para modificar la historia, sino del pasado inmediato, de apenas ayer, del que generacionalmente fuimos testigos. Una manipulación de nuestra propia memoria colectiva, para sincronizarla con sesgos que aspiran a convertirse en hegemónicos, como parte de la llamada batalla cultural.

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